Un último canto de Cigarras∗

Este artículo es la versión en lengua española del publicado precedentemente con el título de “Un dernier trille de Cigales”. Es la respuesta a algún que otro lector ocasional de este blog cuyo poco conocimiento de la lengua francesa le impide acceder plenamente al significado de su contenido.

No resulta en absoluto sorprendente que el poeta, debido a su profundo sentido del ritmo y de la belleza, pueda llegar a mostrarse particularmente sensible al canto de la cigarra o incluso a la cigarra misma. Tal emotividad puede darse por sentado cuando el poeta ha nacido o reside en la parte más meridional de Francia. Los bosques de pinos y el monte bajo a los que el canto de la cigarra se encuentra íntimamente asociado, los aromas tan intensos que de ellos se desprenden, así como las embriagadoras tonalidades de la luz solar durante el estío, se convierten en tentaciones violentas y casi abrumadoras para el apetito del alma sensible que es la del poeta. Su inspiración se nutre de las evocaciones originadas por dichas maravillas naturales del mismo modo que la cigarra se alimenta de la savia de las plantas sobre las que ésta acostumbra a posarse.

Atribuida a Apolo, la cigarra se convirtió, en la antigüedad, en un poderoso símbolo caracterizado por una marcada ambigüedad. Así, si el poeta griego “Calímaco hizo de su canto el emblema de la poesía « refinada » – la cigarra llegó a simbolizar tanto al poeta como un atributo de las Musas”(1) , los romanos, menos sensibles por lo general que los griegos a los encantos de su melodía, la consideraron una representación de los malos poetas de inspiración intermitente a causa de “la alternancia entre sus silencios nocturnos y sus chirridos bajo el calor del sol”(2).

Cigarra posada sobre una ramita de olivo. Fuente: http://www.point-critique.com/2013/07/la-colline-enchantee.html?m=1

Auto proclamado Rey de la Cigarras de la Isla del Levante con motivo de la publicación de “Aux Îles bienheureuses”(3) en marzo de 1925, Théo Varlet hace uso de un título que dista mucho de ser trivial. Al igual que los Felibres, quienes adoptaron la cigarra como emblema convirtiéndola en uno de los instrumentos gracias a los cuales hacer valer su identidad cultural y lingüística, Théo Varlet trata de expresar, por medio de esta dignidad, su calidad de poeta, su independencia de espíritu y su individualidad. Portar tal corona durante las pocas semanas que duraban sus vacaciones anuales en las islas de Hyères, equivalía a ser el soberano de un pequeño reino casi apartado de la civilización donde poder reinar como si de un Robinson o un bárbaro semidesnudo se tratara. Es, además, una declaración firme e inequívoca tendente a reivindicar su pertenencia a la tierra en la que había decidido establecer su residencia hacía ya largos años.

Más allá de la impertinencia maliciosa de fabulistas como Esopo y Jean de la Fontaine, quienes hicieron de ella “la imagen de la negligencia y la falta de previsión,” la cigarra, “debido a su aspecto arrugado y prematuramente envejecido”(4), también simbolizaba la inmortalidad “a causa de la triste aventura de Titón”(5):

Locamente enamorada del bello Titón (…), Eos suplicó a Zeus que le otorgara la inmortalidad. Sin embargo, Eos se percató enseguida de que, además de un amante para la eternidad, también hubiera debido solicitar su eterna juventud…. Condenado a vivir para siempre, la existencia de Titón  se convirtió entonces en un tormento. Con el fin de calmar su dolor, Zeus intercedió finalmente transformándolo en cigarra, cuyo canto sin pausa se convirtió en símbolo de inmortalidad”.(6)

Bahía del Titán en la Isla del Levante, una de las islas de Hyères donde Théo Varlet solía veranear. (Cliché Giraud - Toulon - sacado de "Le Lavandou, Bormes-Les-Mimosas", de Marcel Laure, 1930).En el texto presentado en este post bajo el escueto título de Cigarras, Théo Varlet hace hincapié en los aspectos simbólicos de la cigarra relacionados con la fuerza vital del sol y la inmortalidad. Fechado en julio de 1935, este texto fue publicado en el periódico Comoedia el 24 de septiembre de ese mismo año, es decir, pocas semanas después de que la generación de cigarras casidianas que lo había suscitado guardara ya silencio para siempre.

Confinado en su “Masía del vagabundo”(7), en Cassis, Théo Varlet se encontraba prisionero de la enfermedad en un cuerpo incapaz ya de reaccionar a los estímulos que habían siempre aguijoneado su espíritu aventurero, libre y curioso. Sin embargo, la vista de la luz estival de Apolo va a provocar en él el irresistible impulso de rebelarse contra su mal y de escapar así a su opresión por unos instantes. Atraído por la enfebrecida fanfarria de las cigarras, como los antiguos marinos lo fueron una vez por el canto de las sirenas, Théo Varlet penetra entre la multitud de plantas e insectos para entrar en comunión con la totalidad del universo, desde lo infinitamente pequeño hasta  lo infinitamente grande.

Entregado a los deseos y sufrimientos de un instante engrandecido por el consentimiento estoico; ansioso, desamparado, pero voluntarioso; lúcido, armado de una inflexible integridad que no se ha desviado un solo instante de su supremas aspiraciones, el Poeta, elevado a la Conciencia, ha alcanzado por la vía del conocimiento lo que en el pasado tan solo llego a vislumbrar vagamente”(8). Estas palabras casi premonitorias, escritas para él por José Billiet en 1922, presagian ese otro momento supremo en el que Théo Varlet recuerda su pasado y se interroga sobre su futuro más próximo. Varlet celebra las cigarras, símbolos de la inmortalidad del alma, es decir, del pensamiento humano, conservando la esperanza en la posibilidad de un futuro renacer. Hermosa aspiración expresada de manera sublime en las dos últimas estrofas de su poema “Eterno retorno”(9):

« El futuro despertar que espero
(¿Dentro de un siglo? ¿En tres mil años?)
Dime! ¿Será menos efímero,
Cuando, al entrelazarse nuestras miradas,

sobre una orilla de triunfos,
revivamos esta tarde de verano,
El ultimo canto de las cigarras,
Y este perfume de eternidad? »

Théo Varlet y Malcolm MacLaren fotografiados durante la visita de este último a la Masía del Vagabundo en mayo de 1935. Colección de Francisco Hermosín.

CIGARRAS(10)

« Desde mi cama, a través de la ventana abierta al naciente día, he visto la espléndida mañana de verano desplegarse sobre la colina; he visto los primeros coches, fugaces, desaparecer tras los recodos de mi mundo, de camino hacia horizontes más libres.

Es la hora en la que, en mi cuerpo achacoso y atormentado, el sufrimiento, anestesiado por la noche, todavía dormita; es el momento en el que acostumbro engañar mi desgracia, alimentando mi vana esperanza con la literatura y sus reinos de papel.

Sin embargo, el sol del verano se muestra hoy tan persuasivo, que su atracción se impone a toda prudencia y cordura. ¡He de salir de mi prisión! Así, sacando energías de la desesperanza, apretando los dientes, tensando los músculos — ¡sin importarme las consecuencias! — cargo con mi desgracia, y, encorvada, deformada, sostenida por unas piernas tan pesadas como el plomo, mi osamenta consigue avanzar tan bien que mal hacia adelante. ¡Fuera, bestia !(11)

Cincuenta durísimos pasos hasta llegar al bosque. ¿Podré conseguirlo? … Con la cabeza gacha, a través de ese sendero por el que no he pasado hace muchos meses, arremeto contra la multitud vegetal: avenas locas, escabiosas desgarbadas, fragantes hinojos, clemátides blancos y claveles marchitos, achicorias de ingenua mirada azul…

¿Dónde quedaron las  extraordinarias excursiones botánicas de antaño?

Anquilosado, arrastrándome, crispado por la angustia, heme aquí finalmente. A la sombra, sobre la alfombra de agujas de los pinos, la bestia, totalmente agotada, se derrumba, se entrega al reposo; y yo consigo desprenderme de la nefasta influencia de su presencia obsesiva, volver a ser yo mismo.

Por doquiera, en el bosque, resuenan los cascabeles dorados que glorifican al sol y al verano: las cigarras.

—  ¡Ay! ¡Mi isla de antaño(12), mi luminoso reino de cigarras, mi isla de felicidad!. ¡Nunca volveré a verla; nunca más! …

—  ¡Pero no, basta ya! Basta de viejas historias, y de miserables lloriqueos.

¡En verdad, Sol! hubiera valido la pena  continuar siendo una « caña que piensa »(13) capaz de sobreponerse a los desastre del cuerpo, de transformar su adversidad en catástrofe global y de extenderla, como un lúgubre velo negro, sobre ese mundo que abarca mi conciencia.

Sol que las cigarras ensalzan, la vida continúa estando ahí, y las flores, y las mariposas, y el cielo azul…

— ¡Pero no para mi disfrute! ¡Ay! ¡Cuanta despreocupada alegría me está vedada bajo esta luz!

— Cuerpo condenado, torpe y quejica egoísta, en verdad, me das asco. Romper quisiera tan detestable y nociva alianza.

La querida Ifiginia(14), mientras era conducida al sacrificio, absorta en tan supremo instante, suspiró ante la muerte: “¡ Que reconfortante es contemplar la luz de Helios!”

Juventud inmortal de mi alma, poeta insatisfecho que hay en mí, nosotros lo haremos aún mejor. Pues sabemos y sentimos que mi vida interior y aquella que me rodea son una sola y misma cosa.

¡ Nada importa mi porvenir condenado! En este embriagador día de verano ofrecido a la tierra, mis sentidos liberados, con total frenesí me entrego a la vida bajo el sol.

Junto con la mariquita que se desliza sobre mi mano, y que de pronto despliega sus alas, me evado bajo la luz en medio de los cantos de alabanza de las cigarras.

Junto con la esperanza de los hombres lanzada a los cuatros vientos, junto a los enamorados que transitan por los senderos secretos que perfuma la encarnada madreselva, irrádiate, mi juvenil alegría; llena el mundo.

Triunfa sobre este cuerpo ridículo, mente soberana; — domínalo aún más y di: nunca más yo, pero los demás, siempre. La vida está ahí. Sustraido yo del universo, aún sigue quedando todo.

La vida, la vida cósmica. Ser la alegría de mis semejantes, la alegría pura, intrínseca, de los millones de indivíduos jóvenes y sanos que me sucederán. La futura alegría de las generaciones que vivirán después de mí en la tierra…

¡Cigarras, celebrad mi hermosa evasión lejos de la tristeza y del egoísmo, sumido en la Vida, en el  frenesí solar de este día de verano!

Julio de 1935

Théo Varlet »

1- Biedermann, Hans. L’Encyclopédie de symboles. Traduction de Françoise Périgaut, Gisele Marie et Alexandra Tondat. Le livre de Poche:
2-Chevalier, Jean/Gheerbrant, Alain. Dictionnaire des symboles, mythes, rêves, coutumes, gestes, formes, figures, couleurs nombres. Paris: Robert Laffont/Jupiter, 2002: 143.
3- Théo Varlet: Aux Îles Bienheureuses. Poèmes précédés d’un frontispice gravé au canif par Lucien-Jacques. Les cahier de l’Artisan. Cahiers Ns 7 et 8.  Grasse (Alpes-Maritimes): Éditions de l’Artisan, 1925.
4- Petit Larousse des Symboles. Sous la direction de Nanon Gardin et Robert Olorenshaw. Larousse 2011:160.
5- Morel, Corinne. Dictionnaire des symboles, mythes et croyances. Paris: Éditions de l’Archipel, 2005: 241.
6- Ibid.: 242
7- La Masía del Vagabundo (Le Mas du Chemineau) fue la residencia permanente de Théo Varlet a partir de 1913. Situada a las afueras de Cassis (sur de Francia), pequeña población pesquera en aquellos entonces, se encontraba rodeada de monte bajo, pinares y vinas, lo que la convertía en el refugio ideal donde poder llevar a cabo su labor de escritura con calma e inspiración.
8- Billiet, Joseph: “Théo Varlet. Étude par Joseph Billiet”. Aux libres Jardins. Amiens: Edgar Malfère, 1922:
9- Varlet, Théo. “Éternel Retour”. Paris: L’Age nouveau; Marcelo Fabri directeur. Numéro 8, tome 3, 1re année: 139.
10- Este texto fue escrito cuando Théo Varlet se encontraba ya postrado debido a una enfermedad degenerativa en fase terminal que le hacía sufrir terribles dolores. La cigarra tenía para él un valor simbólico muy fuerte; representaba la alegría de los días de verano pasados en el campo recolectando plantas y cazando insectos, onservando las estrellas con su telescopio, o tostándose al sol en una cala perdida de la costa provenzal. Aparece con frecuencia en sus poemas, en sus novelas y, por su puesto, en su epistolario personal. El Sol es el padre creador, dador de vida; el Helios griego que le permitía, además, conectar con la antiguedad grecolatina, un periodo de la historia de la humanidad por el que sentía una profunda admiración.
11- La bestia es el término con el que Varlet se refiere a su enfermedad.
12-Se trata de una isla situada en el Mediterráneo, frente a la Costa Azul francesa, cuyo nombre en francés es “Île du Lévant”. Era un lugar casi desértico entonces en el que Varlet y su mujer Sarah pasaban parte del verano viviendo en estado semisalvaje, disfruatando de baños marinos y de sol, lo que entonces no era una práctica muy corriente. Varlet le dedicó paginas de una gran belleza inspiradas por sus paisajes y sus experiencias personales.
13- “La caña que piensa” (le roseau pensant), es un concepto del Filósofo francés Blaise Pascal para el que: “el hombre solo es una caña, lo más frágil de la naturaleza; pero una caña que piensa. No es preciso que el universo entero se arme para destruirlo: un vapor, una gota de agua bastan para matarlo. Pero aun cuando éste acabara con él, el hombre sería más noble que aquello que lo mata, porque sabe que muere y reconoce la ventaja que el universo tiene sobre él. El universo no sabe nada. Toda nuestra dignidad reside en el pensamiento. Es lo que nos dignifica, no el espacio o la duración, que no podríamos rellenar. Esforcémonos en pensar bien: ése es el principio de la moral”.
14- Ifiginia era hija del Agamenón, legendario rey de Micenas. Según la mitología griega, la diosa Artemisa castigó a Agamenón tras haber matado éste un ciervo en una arboleda sagrada y alardear de ser mejor cazador. En su viaje a Troya para participar en la Guerra de Troya, los barcos de Agamenón quedaron de repente inmóviles al detener Artemisa el viento en Áulide. Un adivino llamado Calcas reveló un oráculo según el cual la única forma de apaciguar a Artemisa era sacrificar a Ifiginia.

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