Un último canto de Cigarras∗

Este artículo es la versión en lengua española del publicado precedentemente con el título de “Un dernier trille de Cigales”. Es la respuesta a algún que otro lector ocasional de este blog cuyo poco conocimiento de la lengua francesa le impide acceder plenamente al significado de su contenido.

No resulta en absoluto sorprendente que el poeta, debido a su profundo sentido del ritmo y de la belleza, pueda llegar a mostrarse particularmente sensible al canto de la cigarra o incluso a la cigarra misma. Tal emotividad puede darse por sentado cuando el poeta ha nacido o reside en la parte más meridional de Francia. Los bosques de pinos y el monte bajo a los que el canto de la cigarra se encuentra íntimamente asociado, los aromas tan intensos que de ellos se desprenden, así como las embriagadoras tonalidades de la luz solar durante el estío, se convierten en tentaciones violentas y casi abrumadoras para el apetito del alma sensible que es la del poeta. Su inspiración se nutre de las evocaciones originadas por dichas maravillas naturales del mismo modo que la cigarra se alimenta de la savia de las plantas sobre las que ésta acostumbra a posarse.

Atribuida a Apolo, la cigarra se convirtió, en la antigüedad, en un poderoso símbolo caracterizado por una marcada ambigüedad. Así, si el poeta griego “Calímaco hizo de su canto el emblema de la poesía « refinada » – la cigarra llegó a simbolizar tanto al poeta como un atributo de las Musas”(1) , los romanos, menos sensibles por lo general que los griegos a los encantos de su melodía, la consideraron una representación de los malos poetas de inspiración intermitente a causa de “la alternancia entre sus silencios nocturnos y sus chirridos bajo el calor del sol”(2).

Cigarra posada sobre una ramita de olivo. Fuente: http://www.point-critique.com/2013/07/la-colline-enchantee.html?m=1

Auto proclamado Rey de la Cigarras de la Isla del Levante con motivo de la publicación de “Aux Îles bienheureuses”(3) en marzo de 1925, Théo Varlet hace uso de un título que dista mucho de ser trivial. Al igual que los Felibres, quienes adoptaron la cigarra como emblema convirtiéndola en uno de los instrumentos gracias a los cuales hacer valer su identidad cultural y lingüística, Théo Varlet trata de expresar, por medio de esta dignidad, su calidad de poeta, su independencia de espíritu y su individualidad. Portar tal corona durante las pocas semanas que duraban sus vacaciones anuales en las islas de Hyères, equivalía a ser el soberano de un pequeño reino casi apartado de la civilización donde poder reinar como si de un Robinson o un bárbaro semidesnudo se tratara. Es, además, una declaración firme e inequívoca tendente a reivindicar su pertenencia a la tierra en la que había decidido establecer su residencia hacía ya largos años.

Más allá de la impertinencia maliciosa de fabulistas como Esopo y Jean de la Fontaine, quienes hicieron de ella “la imagen de la negligencia y la falta de previsión,” la cigarra, “debido a su aspecto arrugado y prematuramente envejecido”(4), también simbolizaba la inmortalidad “a causa de la triste aventura de Titón”(5):

Locamente enamorada del bello Titón (…), Eos suplicó a Zeus que le otorgara la inmortalidad. Sin embargo, Eos se percató enseguida de que, además de un amante para la eternidad, también hubiera debido solicitar su eterna juventud…. Condenado a vivir para siempre, la existencia de Titón  se convirtió entonces en un tormento. Con el fin de calmar su dolor, Zeus intercedió finalmente transformándolo en cigarra, cuyo canto sin pausa se convirtió en símbolo de inmortalidad”.(6)

Bahía del Titán en la Isla del Levante, una de las islas de Hyères donde Théo Varlet solía veranear. (Cliché Giraud - Toulon - sacado de "Le Lavandou, Bormes-Les-Mimosas", de Marcel Laure, 1930).En el texto presentado en este post bajo el escueto título de Cigarras, Théo Varlet hace hincapié en los aspectos simbólicos de la cigarra relacionados con la fuerza vital del sol y la inmortalidad. Fechado en julio de 1935, este texto fue publicado en el periódico Comoedia el 24 de septiembre de ese mismo año, es decir, pocas semanas después de que la generación de cigarras casidianas que lo había suscitado guardara ya silencio para siempre.

Confinado en su “Masía del vagabundo”(7), en Cassis, Théo Varlet se encontraba prisionero de la enfermedad en un cuerpo incapaz ya de reaccionar a los estímulos que habían siempre aguijoneado su espíritu aventurero, libre y curioso. Sin embargo, la vista de la luz estival de Apolo va a provocar en él el irresistible impulso de rebelarse contra su mal y de escapar así a su opresión por unos instantes. Atraído por la enfebrecida fanfarria de las cigarras, como los antiguos marinos lo fueron una vez por el canto de las sirenas, Théo Varlet penetra entre la multitud de plantas e insectos para entrar en comunión con la totalidad del universo, desde lo infinitamente pequeño hasta  lo infinitamente grande.

Entregado a los deseos y sufrimientos de un instante engrandecido por el consentimiento estoico; ansioso, desamparado, pero voluntarioso; lúcido, armado de una inflexible integridad que no se ha desviado un solo instante de su supremas aspiraciones, el Poeta, elevado a la Conciencia, ha alcanzado por la vía del conocimiento lo que en el pasado tan solo llego a vislumbrar vagamente”(8). Estas palabras casi premonitorias, escritas para él por José Billiet en 1922, presagian ese otro momento supremo en el que Théo Varlet recuerda su pasado y se interroga sobre su futuro más próximo. Varlet celebra las cigarras, símbolos de la inmortalidad del alma, es decir, del pensamiento humano, conservando la esperanza en la posibilidad de un futuro renacer. Hermosa aspiración expresada de manera sublime en las dos últimas estrofas de su poema “Eterno retorno”(9):

« El futuro despertar que espero
(¿Dentro de un siglo? ¿En tres mil años?)
Dime! ¿Será menos efímero,
Cuando, al entrelazarse nuestras miradas,

sobre una orilla de triunfos,
revivamos esta tarde de verano,
El ultimo canto de las cigarras,
Y este perfume de eternidad? »

Théo Varlet y Malcolm MacLaren fotografiados durante la visita de este último a la Masía del Vagabundo en mayo de 1935. Colección de Francisco Hermosín.

CIGARRAS(10)

« Desde mi cama, a través de la ventana abierta al naciente día, he visto la espléndida mañana de verano desplegarse sobre la colina; he visto los primeros coches, fugaces, desaparecer tras los recodos de mi mundo, de camino hacia horizontes más libres.

Es la hora en la que, en mi cuerpo achacoso y atormentado, el sufrimiento, anestesiado por la noche, todavía dormita; es el momento en el que acostumbro engañar mi desgracia, alimentando mi vana esperanza con la literatura y sus reinos de papel.

Sin embargo, el sol del verano se muestra hoy tan persuasivo, que su atracción se impone a toda prudencia y cordura. ¡He de salir de mi prisión! Así, sacando energías de la desesperanza, apretando los dientes, tensando los músculos — ¡sin importarme las consecuencias! — cargo con mi desgracia, y, encorvada, deformada, sostenida por unas piernas tan pesadas como el plomo, mi osamenta consigue avanzar tan bien que mal hacia adelante. ¡Fuera, bestia !(11)

Cincuenta durísimos pasos hasta llegar al bosque. ¿Podré conseguirlo? … Con la cabeza gacha, a través de ese sendero por el que no he pasado hace muchos meses, arremeto contra la multitud vegetal: avenas locas, escabiosas desgarbadas, fragantes hinojos, clemátides blancos y claveles marchitos, achicorias de ingenua mirada azul…

¿Dónde quedaron las  extraordinarias excursiones botánicas de antaño?

Anquilosado, arrastrándome, crispado por la angustia, heme aquí finalmente. A la sombra, sobre la alfombra de agujas de los pinos, la bestia, totalmente agotada, se derrumba, se entrega al reposo; y yo consigo desprenderme de la nefasta influencia de su presencia obsesiva, volver a ser yo mismo.

Por doquiera, en el bosque, resuenan los cascabeles dorados que glorifican al sol y al verano: las cigarras.

—  ¡Ay! ¡Mi isla de antaño(12), mi luminoso reino de cigarras, mi isla de felicidad!. ¡Nunca volveré a verla; nunca más! …

—  ¡Pero no, basta ya! Basta de viejas historias, y de miserables lloriqueos.

¡En verdad, Sol! hubiera valido la pena  continuar siendo una « caña que piensa »(13) capaz de sobreponerse a los desastre del cuerpo, de transformar su adversidad en catástrofe global y de extenderla, como un lúgubre velo negro, sobre ese mundo que abarca mi conciencia.

Sol que las cigarras ensalzan, la vida continúa estando ahí, y las flores, y las mariposas, y el cielo azul…

— ¡Pero no para mi disfrute! ¡Ay! ¡Cuanta despreocupada alegría me está vedada bajo esta luz!

— Cuerpo condenado, torpe y quejica egoísta, en verdad, me das asco. Romper quisiera tan detestable y nociva alianza.

La querida Ifiginia(14), mientras era conducida al sacrificio, absorta en tan supremo instante, suspiró ante la muerte: “¡ Que reconfortante es contemplar la luz de Helios!”

Juventud inmortal de mi alma, poeta insatisfecho que hay en mí, nosotros lo haremos aún mejor. Pues sabemos y sentimos que mi vida interior y aquella que me rodea son una sola y misma cosa.

¡ Nada importa mi porvenir condenado! En este embriagador día de verano ofrecido a la tierra, mis sentidos liberados, con total frenesí me entrego a la vida bajo el sol.

Junto con la mariquita que se desliza sobre mi mano, y que de pronto despliega sus alas, me evado bajo la luz en medio de los cantos de alabanza de las cigarras.

Junto con la esperanza de los hombres lanzada a los cuatros vientos, junto a los enamorados que transitan por los senderos secretos que perfuma la encarnada madreselva, irrádiate, mi juvenil alegría; llena el mundo.

Triunfa sobre este cuerpo ridículo, mente soberana; — domínalo aún más y di: nunca más yo, pero los demás, siempre. La vida está ahí. Sustraido yo del universo, aún sigue quedando todo.

La vida, la vida cósmica. Ser la alegría de mis semejantes, la alegría pura, intrínseca, de los millones de indivíduos jóvenes y sanos que me sucederán. La futura alegría de las generaciones que vivirán después de mí en la tierra…

¡Cigarras, celebrad mi hermosa evasión lejos de la tristeza y del egoísmo, sumido en la Vida, en el  frenesí solar de este día de verano!

Julio de 1935

Théo Varlet »

1- Biedermann, Hans. L’Encyclopédie de symboles. Traduction de Françoise Périgaut, Gisele Marie et Alexandra Tondat. Le livre de Poche:
2-Chevalier, Jean/Gheerbrant, Alain. Dictionnaire des symboles, mythes, rêves, coutumes, gestes, formes, figures, couleurs nombres. Paris: Robert Laffont/Jupiter, 2002: 143.
3- Théo Varlet: Aux Îles Bienheureuses. Poèmes précédés d’un frontispice gravé au canif par Lucien-Jacques. Les cahier de l’Artisan. Cahiers Ns 7 et 8.  Grasse (Alpes-Maritimes): Éditions de l’Artisan, 1925.
4- Petit Larousse des Symboles. Sous la direction de Nanon Gardin et Robert Olorenshaw. Larousse 2011:160.
5- Morel, Corinne. Dictionnaire des symboles, mythes et croyances. Paris: Éditions de l’Archipel, 2005: 241.
6- Ibid.: 242
7- La Masía del Vagabundo (Le Mas du Chemineau) fue la residencia permanente de Théo Varlet a partir de 1913. Situada a las afueras de Cassis (sur de Francia), pequeña población pesquera en aquellos entonces, se encontraba rodeada de monte bajo, pinares y vinas, lo que la convertía en el refugio ideal donde poder llevar a cabo su labor de escritura con calma e inspiración.
8- Billiet, Joseph: “Théo Varlet. Étude par Joseph Billiet”. Aux libres Jardins. Amiens: Edgar Malfère, 1922:
9- Varlet, Théo. “Éternel Retour”. Paris: L’Age nouveau; Marcelo Fabri directeur. Numéro 8, tome 3, 1re année: 139.
10- Este texto fue escrito cuando Théo Varlet se encontraba ya postrado debido a una enfermedad degenerativa en fase terminal que le hacía sufrir terribles dolores. La cigarra tenía para él un valor simbólico muy fuerte; representaba la alegría de los días de verano pasados en el campo recolectando plantas y cazando insectos, onservando las estrellas con su telescopio, o tostándose al sol en una cala perdida de la costa provenzal. Aparece con frecuencia en sus poemas, en sus novelas y, por su puesto, en su epistolario personal. El Sol es el padre creador, dador de vida; el Helios griego que le permitía, además, conectar con la antiguedad grecolatina, un periodo de la historia de la humanidad por el que sentía una profunda admiración.
11- La bestia es el término con el que Varlet se refiere a su enfermedad.
12-Se trata de una isla situada en el Mediterráneo, frente a la Costa Azul francesa, cuyo nombre en francés es “Île du Lévant”. Era un lugar casi desértico entonces en el que Varlet y su mujer Sarah pasaban parte del verano viviendo en estado semisalvaje, disfruatando de baños marinos y de sol, lo que entonces no era una práctica muy corriente. Varlet le dedicó paginas de una gran belleza inspiradas por sus paisajes y sus experiencias personales.
13- “La caña que piensa” (le roseau pensant), es un concepto del Filósofo francés Blaise Pascal para el que: “el hombre solo es una caña, lo más frágil de la naturaleza; pero una caña que piensa. No es preciso que el universo entero se arme para destruirlo: un vapor, una gota de agua bastan para matarlo. Pero aun cuando éste acabara con él, el hombre sería más noble que aquello que lo mata, porque sabe que muere y reconoce la ventaja que el universo tiene sobre él. El universo no sabe nada. Toda nuestra dignidad reside en el pensamiento. Es lo que nos dignifica, no el espacio o la duración, que no podríamos rellenar. Esforcémonos en pensar bien: ése es el principio de la moral”.
14- Ifiginia era hija del Agamenón, legendario rey de Micenas. Según la mitología griega, la diosa Artemisa castigó a Agamenón tras haber matado éste un ciervo en una arboleda sagrada y alardear de ser mejor cazador. En su viaje a Troya para participar en la Guerra de Troya, los barcos de Agamenón quedaron de repente inmóviles al detener Artemisa el viento en Áulide. Un adivino llamado Calcas reveló un oráculo según el cual la única forma de apaciguar a Artemisa era sacrificar a Ifiginia.

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Un dernier trille de Cigales

Il n’est pas du tout étonnant que le poète, porteur du sens du rythme et de la beauté, puisse se montrer sensible au chant de la cigale ou à l’insecte comme tel. Telle émotivité peut être prise pour acquise lorsqu’il est né ou qu’il habite la partie méridionale de la France.

Les Pinèdes et les Garrigues, dont on y associe le chant de la cigale, tout comme les senteurs qui s’en dégagent et les couleurs enivrantes du soleil pendant l’été, sont autant de tentations violentes et presque insurmontables pour l’âme sensible du poète. De la même façon que la cigale s’alimente de la sève des plantes sur lesquelles elle a l’habitude de se percher, l’inspiration du poète se nourrit du suc qu’il arrive à tirer de ces féeries naturelles.

Attribuée à Apollon, la cigale est devenue dans l’antiquité un puissant symbole empreint d’ambiguïté. Si le poète grec « Callimaque (vers 300-240 av. J.-C.) fit de son chant l’emblème de la poésie raffinée (…) — la cigale symbolisait aussi bien le poète que l’attribut des Muses« (1) —, les Romains furent moins sensibles aux charmes de sa mélopée. À cause de “l’alternance de son silence dans la nuit et de ses stridulations dans la chaleur du soleil”(2), ils voyaient en elle la représentation des mauvais poètes à l’inspiration intermittente.

Cigale perchée sur un rameau d'olivier. Source: http://www.point-critique.com/2013/07/la-colline-enchantee.html

Auto-proclamé Roi Cigalier de l’Île du Levant lors de la publication d’Aux Îles Bienheureuses(3) en mars 1925Théo Varlet fit usage de ce titre loin d’être anodin. À l’instar des Félibres, qui firent de la cigale un emblème et un instrument leur permettant d’affirmer leur identité culturelle et linguistique, Théo Varlet souhaita, en donnant toute sa dignité à cet insecte, faire valoir sa qualité de poète, son indépendance d’esprit et son individualité.

Se doter d’une telle couronne durant les semaines que durait son séjour annuel sur les Îles d’Hyères, équivalait pour lui à être le souverain d’un petit royaume oublié des “civilisés” où il régnait en Robinson ou en barbare et ce presque nu. C’était aussi une auto-proclamation à partir de laquelle il revendiquait son appartenance au terroir sur lequel il avait élu domicile depuis bien des années déjà.

Au-delà des impertinences malveillantes des fabulistes que furent Ésope et Jean de La Fontaine, qui donnèrent à la cigale “l’image de la négligence et de l’imprévoyance”, cet insecte, “en raison de son aspect ratatiné et prématurément vieilli”(4), symbolisait aussi l’immortalité “à travers de la triste aventure de Tithon”(5):

Follement amoureuse du beau Tithon (…), Éos supplia Zeus de (lui) accordé l’immortalité. Cependant, Éos s’aperçu vite qu’elle avait omis de demander, outre l’éternité de son amant, son éternelle jeunesse…. L’existence de Tithon, condamné à vivre éternellement, devient alors un supplice. Pour apaiser sa souffrance, Zeus, finalement, intercéda, le transformant en cigale, dont le chant continu devint symbole d’immortalité.”(6)

Dans le texte dont il est question dans ce billet, au titre laconique de Cigales, Théo Varlet met l’accent sur les aspects symboliques de cet insecte liés à la force vitale du soleil et à l’immortalité. Daté du mois de juillet 1935, ce texte parut dans le journal Comœdia le 24 septembre de la même année, soit Varlet, Théo. Aux Îles Bienheureuses. Grasse: Éditions de l’Artisan, 1925. Page-titre.quelques semaines après que les cigales cassidennes de ladite année eurent gardé le silence pour toujours.

Confiné dans son Mas du Chemineau, à Cassis, Théo Varlet se trouvait pris en otage par la maladie, dans un corps qui ne répondait plus aux élans qui avaient toujours animé son esprit aventurier, libre et curieux. Cependant, la vue de la lumière estivale d’Apollon éveillera en lui une irrésistible envie de se rebeller contre son mal et d’échapper ainsi à son étreinte pendant quelques instants. Attiré par le chant en fanfare des cigales, comme le marins le furent jadis par le chant des sirènes, Théo Varlet pénètre dans la foule environnante des plantes et des insectes pour entrer en communion avec le cosmos tout entier, depuis l’infiniment petit jusqu’à l’infiniment grand.

Livré aux désirs et aux souffrances d’un instant ennobli par le consentement stoïque; inquiet, abandonné, mais volontaire; lucide, armé d’une inflexible droiture qui n’a jamais distrait du but suprême un seul instant…, le Poète, élevé à la Conscience, a acquis de savoir ce que naguère, obscurément, il voyait”(7). Ces mots presque prophétiques, écrits à son intention par Joseph Billiet en 1922, préfigurent cet autre instant suprême où Théo Varlet remémore son passé et s’interroge au sujet de son plus proche avenir. Il chante les cigales, symboles de l’immortalité de l’âme, c’est-à-dire de la Pensé humaine, tout en gardant espoir en la possibilité d’une renaissance future. Belle espérance majestueusement exprimée dans les deux derniers quatrains de son poème intitulé “Éternel retour”(8):

“Le future réveil que j’espère
(Dans un siècle? Dans trois mille ans?)
Dis! Sera-t-il moins éphémère,
Lorsque, nos regards se mêlant,

Sur une rive triomphale,
Nous revivrons ce soir d’été,
Le dernier trille de cigales,
Et ce parfum d’éternité?…”

Théo Varlet et Malcolm MacLaren lors d'une visite de ce dernier au Mas du Chemineau en mai 1935. Collection Francisco Hermosín.

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CIGALES

“De mon lit, par la fenêtre ouverte a la nativité du jour, j’ai vu le beau matin d’été s’épanouir sur la colline; j’ai vu sur la route les premières autos fuir et disparaître au tournant du monde, vers les libres ailleurs.

C’est l’heure où, dans mon corps infirme et ravagé, la souffrance, engourdie par la nuit, dort encore; c’est heure coutumière de tromper mon malheur et de poursuivre l’illusion littérature, en ses royaumes de papier.

Mais le soleil d’été a tant de force persuasive aujourd’hui, que son appel met en déroute les prudentes sagesses. Je sortirai de ma prison! Et, rassemblant des énergies désespérées, serrant les dents, tendant les muscles — et tant pire pour les suites! — je dresse ma misère, et, tordue, déjetée, ma carcasse, sur des jambes de plomb, cahin-caha s’avance. Hue, la bête!

Cinquante pas à traîner jusqu’au bois. Arriverai-je?… Tête basse, par ce sentier où je n’ai plus passé depuis tant de mois, je fonce dans la foule végétale: folles avoines, scabieuses dégingandées, fenouils odorants, blanches clématites et genêts défleuris, chicorées aux prunelles d’azur ingénu…

Où sont, hélas! les belles herborisations de jadis!…

Ankylosé, rampant, crispé d’angoisse, enfin m’y voici. A l’ombre, sur le tapis d’aiguilles de pin, la bête, à bout de forces, s’abat, se livre au repos; et je puis oublier sa néfaste obsession, redevenir moi-même…

Écouter, plein le bois, grelots d’or célébrant le soleil et l’été: les cigales.

— Ah! mon Île de jadis, mon lumineux royaume des cigales, mon Île bienheureuse! Je ne la verrai plus, jamais plus!…

— Non, non, assez! Assez de cette histoire ancienne, et pas de mesquines jérémiades.

Vraiment, Soleil! ce serait bien la peine d’être resté roseau-pensant par-dessus le désastre du corps, pour ériger son sort en catastrophe universelle et le tirer, lugubre rideau noir, sur le monde que ma pensée embrasse.

Soleil célébré des cigales, la vie est là, les fleurs, les papillons, l’azur…

— Mais pas pour moi! Ah! tant de libres joies sans moi dans la lumière!

— Corps condamné, stupide et geignard égoïste, décidément, tu me dégoûtes. Je divorce de ton odieuse mésalliance.

La chère Iphigénie, menée au sacrifice, considérait de tous ses yeux l’instant suprême, et soupirait devant la mort: «Qu’il est doux de voir la lumière d’Hélios!»

Immortelle jeunesse de mon âme, poète irrassasié en moi, nous ferons mieux. Car nous savons, car nous sentons que la vie hors de moi, c’est encore et toujours moi.

Qu’importe mon sort condamné! L’ivre journée d’été est offerte à la terre, et mes antennes délivrées, je les tends à la vie, amoureusement sous le-soleil.

Avec la coccinelle qui rampait, sur ma main et qui soudain déploie ses ailes, dans la lumière je m’évade, parmi l’hosanna des cigales.

Avec l’espoir humain en chasse par les routes, avec les amoureux dans les sentiers secrets que parfume ce charnel chèvrefeuille, irradie-toi, ma jeune joie; emplis le monde…

Triomphe, ma pensée royale, au-dessus, de ce corps dérisoire; — triomphe mieux encore, et dis : Jamais plus moi, mais toujours d’autres. La Vie est là. Moi défalqué de l’univers, il reste tout.

La Vie, la vie cosmique. Être la joie d’autrui, la joie pure, intrinsèque, des millions d’humains jeunes et sains qui me relaient. La joie future des générations qui vivront après moi sur la terre…

Cigales, célébrez ma belle évasion hors la tristesse et l’égoïsme, en la Vie, en l’ivresse solaire de ce jour d’été!

Théo Varlet

Juillet 1935”

1- Biedermann, Hans. L’Encyclopédie de symboles. Traduction de Françoise Périgaut, Gisele Marie et Alexandra Tondat. Le livre de Poche:
2-Chevalier, Jean/Gheerbrant, Alain. Dictionnaire des symboles, mythes, rêves, coutumes, gestes, formes, figures, couleurs nombres. Paris: Robert Laffont/Jupiter, 2002: 143.
3- Théo Varlet: Aux Îles Bienheureuses. Poèmes précédés d’un frontispice gravé au canif par Lucien-Jacques. Les cahier de l’Artisan. Cahiers Ns 7 et 8.  Grasse (Alpes-Maritimes): Éditions de l’Artisan, 1925.
4- Petit Larousse des Symboles. Sous la direction de Nanon Gardin et Robert Olorenshaw. Larousse 2011:160.
5- Morel, Corinne. Dictionnaire des symboles, mythes et croyances. Paris: Éditions de l’Archipel, 2005: 241.
6- Ibid.: 242
7- Billiet, Joseph: “Théo Varlet. Étude par Joseph Billiet”. Aux libres Jardins. Amiens: Edgar Malfère, 1922: 8.
8- Varlet, Théo. “Éternel Retour”. Paris: L’Age nouveau; Marcelo Fabri directeur. Numéro 8, tome 3, 1re année: 139.